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Los primeros
vestigios de Colindres se remontan al Neolítico con los dólmenes
hallados en la zona. Más tarde, en el año 26 a.C.,
se asentaron los romanos presumiblemente en Angustina, desde donde
se contempla el “Collado Lindo”, explicación popular al nombre
de Colindres, aunque rechazada por los estudiosos.
Como los
concejos circundantes, debió de formarse en torno a un pequeño
monasterio, el de San Jorge y San Juan, del que se conservan noticias
escritas del siglo XI, fecha en la que se donó al Monasterio
de Santa María del Puerto (Santoña). En aquella época
se demostraba así la devoción. Sobre las ruinas de
este templo se construyó la iglesia de San Juan (s. XVI),
provista por el Abad de Nájera. La parroquia territorios
de Laredo, por lo que los pleitos sobre jurisdicción eran
continuos, acrecentados por su dependencia civil a Laredo desde
que Alfonso VIII así lo dictara en el “Privilegio de Laredo”
(1201). Esta situación cambió casi dos siglos más
tarde: Enrique III “el doliente”, tuvo que mantener una guerra con
Portugal que le endeudó tanto que se vio obligado a ceder
Colindres, Limpias y Balmaseda a su Camarero Mayor por 15.000 florines.
Los habitantes de estos lugares pagaron la mitad de la deuda para
no integrarse en su señorío, por lo que el rey les
premió concediéndoles Carta Foral en Segovia el 16
de junio de 1399, pasando a tener derecho de exención de
impuestos como los territorios vizcaínos, aunque Colindres
nunca formó parte de las Juntas de Balmaseda o de Guernica
ni pagó tributo alguno. Este “limbo fiscal” que se disfrutó
fue la causa de un pleito que duró 61 años y que culminó
con la reforma administrativa de 1833. Trece años después
Colindres empezó a pagar y dejó de tener tierras de
pastos y posesión sobre todas sus tierras.
En la
vida del municipio también tuvieron gran importancia los
astilleros de Falgote (1475) que pasaron a ser Reales el 10 de abril
de 1618 mediante un acuerdo entre Felipe III y las Cuatro Villas
de la Costa del Mar de Cantabria. La situación geográfica
del lugar lo protegía de las incursiones de piratas y corsarios
ingleses, franceses, holandeses, etc. No hubo tanta suerte en agosto
de 1639 cuando, en plena guerra contra Francia, la armada capitaneada
por el cardenal de Burdeos –asginado por el propio cardenal Richelieu-
desembarcó en Laredo y pasó luego a Colindres donde
se dio muerte al sobrino del cardenal de Burdeos, aunque no se pudo
evitar el fuego ni el saqueo hasta que el día 27 de dicho
mes los franceses zarparon de madrugada. Ésta no fue la única
contienda en la que participó Colindres; lo cierto es que
debido a su situación geográfica, tomó parte
en todas. Destaca su intervención en la toma de Laredo de
febrero de 1814, durante la guerra de la Independencia contra las
tropas napoleónicas, con el regimiento Monterrey, aportado
junto con Laredo. Más tarde, en las guerras carlistas, su
situación entre Santander y Bilbao también fue decisiva.
De los
mencionados astilleros de Falgote salió “La Pinta” y es muy
probable que también la “Santa María”. De aquí
se llevaron al puerto de Palos, por lo que es bastante seguro que
algún marinero colindrés acompañara a Colón
en el descubrimiento de América. A este respecto se tiene
constancia de un tal Ruy García, pero aún sin corroborar.
Y fue aquí donde se hizo también la “Capitana” (1868),
capitana en la guerra de Sucesión y la nave más grande
de la época con más de 1300 toneladas, 500 más
que el mayor navío jamás visto hasta entonces. Para
construirlo se invirtieron tantas materias primas que algunos municipios
quedaron agotados. Esto, unido a los ataques franceses, obligó
al traslado de los astilleros a Guarnizo.
Colindres
era, y es, un cruce de caminos no sólo entre tierra y mar,
también es de paso obligado en el Camino de Santiago, razón
por la que Carlos I en 1544 ordenó la construcción
del hospital que se sostenía gracias al arrendamiento de
30 pies de naranjos. Esta entidad se acogía y curaba a los
peregrinos que cruzaban por la “barca de Treto” o por el “Puente
del Pelegrín”, en Colindres de Arriba.
En Colindres
la vida diaria se organizaba entorno al mayorazgo, un sistema por
el cual se dejaba la casa y las tierras sin partición alguna
al primogénito. Éste debía dar cobijo a sus
mayores, dote a sus hermanas y estudios o colocación (los
segundos se dedicaban al sacerdocio, los terceros al ejército
y los demás solían ir a las Indias). No podía
vender los bienes familiares y podía ser destituido por “indignidad”,
es decir: robos, crímenes o cobardía. Los hijos ilegítimos
no estaban mal vistos ya que eran muy comunes debido a que los matrimonios
eran concertados para reunir tierras. Estos niños se criaban
junto a sus hermanos “legítimos” o junto a sus padres clérigos
forzosos, y heredaban Hidalguía, condición que les
daba ciertos privilegios y la estima de la Corona, decepcionada
por la Nobleza. Cada Mayorazgo tenía su zona de enterramiento
dentro del templo, donde se colocaban en las celebraciones religiosas.
A principios del siglo XIX se prohíbe esta costumbre por
constituir un foco de enfermedades, ya que el suelo no estaba ni
enlosado ni entarimado y se sentaban directamente sobre él.
Entre
estos mayorazgos destacan las luchas fraticidas entre los Agüero
y los Velasco –los Giles y los Negretes–. A tal extremo llegaron,
que los Reyes Católicos prohibieron la asistencia a bodas,
bautizos y demás celebraciones (que acababan como el rosario
de la aurora) a parientes más lejanos que los de 3º
grado, y desmocharon las torres de sendas familias.
Quizá
el mayorazgo que alcanzó más poder fue el de Alvarado,
proveniente del valle de Aras, con el escudo grabado en el Palacio
del Condestable o del Infantado. De esta familia desciende otro
clan importante: el de los Castillo Alvarado.
Los Hoyo,
familia muy ilustre procedente de las montañas de Santander,
poseyeron numerosas propiedades. El apellido se perdió en
1602 al cruzarse con los Valle Rozadilla de Bárcena de Cicero.
Todas
las familias tuvieron cargos e influencia en América como
los Cachupines de Laredo, que llegaron a Colindres por enlace con
la familia Hoyo. De esta casa se supone que proviene el apelativo
peyorativo que se les daba a los españoles en las Indias:
“gachupines”.
En esta
época eran típicos los apellidos toponímicos,
es decir, los que adoptaban el nombre del lugar de procedencia,
así tenemos a los mayorazgos de: Puerta –perdido en las ramas
maternas–, Mori, Serna, Rocillo y Gil de la Redonda. Éstos
últimos emparentaron con los Bolívar, de origen vasco
y asentados en el barrio de Hedino.
Por último,
destaca el retiro a finales del siglo XVI de la “madama” flamenca
Barbara de Blomberg, madre de Juan de Austria, bastardo del emperador
Carlos I. En su juventud había sido una mujer libertina,
por lo que al enviudar se trasladó a un convento castellano.
A la muerte de su hijo Juan pidió venir a Colindres pues
allí la vida le resultaba muy penosa. Aquí residió
en la casa de Escobedo, ex–secretario de su difunto hijo, con su
otro vástago Conrado de Píramo, su nuera la baronesa
de San Martín y sus cuatro nietos hasta su muerte. Está
enterrada en el monasterio de Montehano.
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